viernes, 24 de abril de 2015

Desmontando mitos

MITO: Las lenguas de signos son pobres o incompletas, siempre inferiores a cualquier lengua oral.


Debemos aclarar que, actualmente, la gran mayoría de los expertos no duda de la igualdad lingüística existente entre las lenguas de signos y el resto de las orales.
Sin embargo, entre los errores cometidos por las personas desconocedoras de esta lengua,  nos encontramos con la creencia de que las lenguas expresadas con las manos, el cuerpo y la expresión facial carecen, de algún modo, de las características que nos permiten calificar a un modo de comunicación como "lengua".
Por este motivo y esperanzados de que el número de personas que aún hoy siguen creyendo en este mito conformen una minoría, ofrecemos una serie de razonamientos que esperamos ayuden a erradicar esta falsa creencia.
Para alcanzar nuestro objetivo, nos centraremos en varias de las características ofrecidas por el lingüista Charles F. Hockett, utilizadas frecuentemente como aspectos definitorios del lenguaje humano natural.


La productividad. Hockett la definió como la capacidad de las reglas de la gramática para crear oraciones nuevas que pueden comprenderse a pesar de no haber sido nunca antes usadas. Es decir, combinando elementos lingüísticos se crea y entiende cualquier mensaje.
No cabe duda de que esta característica está presente en la totalidad de las lenguas orales. Del mismo modo, resulta absurdo discutir su existencia en las lenguas de signos, pues éstas cuentan, indudablemente, con la misma capacidad de combinar elementos lingüísticos (el signo) para crear y entender enunciados expresados por primera vez.

La doble articulación. Con esta expresión se alude a la existencia de una "segunda articulación" en la que los elementos no poseen significado pero sí lo distinguen (fonemas) y una "primera articulación" en la que estos elementos se agrupan para tener significado (morfemas); siendo finitos los elementos de la segunda articulación pero capaces de agruparse de infinitas maneras.
Desde un primer punto de vista, podría parecer imposible que una lengua que se sirve del canal visual y no del auditivo, cuente con fonemas (del griego, φώνημα sonido de la voz). Si bien esta conjetura puede resultar cierta, no podemos por ello llegar a la conclusión precipitada de que este aspecto aparta definitivamente a las lenguas de signos de la posibilidad de ser definidas como tal. Simplemente se sirven, como ya hemos mencionado, de un canal diferente y esto repercute, inevitablemente, en la existencia de pequeñas disimilitudes con el resto de lenguas.
Lo que en las lenguas orales se estudia a través de la fonología, encuentra su equivalente en las lenguas de signos en los queremas o parámetros formacionales, formados por la localización de la mano o manos que realizan el movimiento, su configuración, la orientación de la palma, el movimiento que se realiza y los componentes no manuales (tales como la expresión facial).
Es así como hallamos la doble articulación también en las lenguas que hacen uso del canal visual: los queremas tienen significante, pero no significado (son elementos de la segunda articulación), mientras cada signo pertenece a la primera articulación, pues  tiene significante y significado al mismo tiempo.

Arbitrariedad. No existe correlación entre la señal y el signo.
Existe, además, otra falsa creencia que iguala la lengua de signos a la pantomima o mímica, presunción que hace pensar en los símbolos de esta lengua como meras representaciones del objeto al que se refieren.
Es cierto que determinadas señas poseen una relación muy clara con el objeto que denominan, haciendo posible que un receptor pueda entenderla sin necesidad de ser conocedor de la lengua. No obstante, esto no reduce las lenguas de signos a una mera representación icónica de la realidad, pues muchísimos símbolos son totalmente arbitrarios. Es decir, la abstracción también está presente.

Carácter discreto.  Las unidades básicas son separables, sin haber una transición gradual.
Una vez más, nos encontramos con los fonemas (elementos que forman las palabras de la lengua oral y pueden distinguirse fácilmente, al tiempo que se diferencian entre ellos). Como ya comentamos al tratar la característica de la doble articulación, el equivalente a los fonemas en las lenguas de signos son los queremas, elementos formativos que cumplen con la descripción dada y nos permiten, una vez más, igualar las lenguas visuales a las orales.

Finalmente, invitamos a examinar el resto de las quince características aportadas por Hockett y a observar como todas ellas son fácilmente aplicables a las lenguas de signos; teniendo en cuenta, eso sí, la única diferencia que existe entre éstas y las lenguas orales: su canal de comunicación.




Fuentes


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